Cifras y datos sobre el COVID y sus estragos en el mundo y México son ya un lugar común; incluso buscar responsables en el gobierno se ha vuelto un deporte favorito de opositores al gobierno; y a pesar de que en el horizonte se vislumbra ya la aplicación masiva de una vacuna que genere inmunidad; es cierto que más allá de echar las campanas al vuelo es importante que antes de pensar en regresar a la antigua normalidad; los mexicanos comencemos a repensar nuestro grado de responsabilidad frente a esa enfermedad que nos dejará grandes pérdidas económicas y humanas. Para este caso hay dos grandes aristas que debemos tener en cuenta; en primer lugar, el grado de vulnerabilidad ante el virus y en segundo el grado de propagación del virus; y en ambos casos los mexicanos somos culpables directos de los estragos de ambos escenarios.
El primer escenario de vulnerabilidad tiene que ver con el estilo de vida, o más bien de alimentación del mexicano. En este aspecto es preciso tener en cuenta un dato por demás revelador: Según reportes oficiales, más del 40% de los fallecidos por Covid-19 tenía diabetes o alguna Enfermedad Crónica No Transmisible (ECNT). De acuerdo con el IMSS, 1 de cada 3 mexicanos padece hipertensión y 6.5 millones de adultos mayores de 20 años viven diabetes. Es decir, esto tiene relación con la alimentación del mexicano; con su exagerado consumo de refresco de cola y productos chatarra, con el sedentarismo; el abuso del alcohol, los embutidos y carnes rojas. Vivimos en un país en el que los deportistas son escasos, en el que son contadas las personas que se activan físicamente y que llevan una alimentación balanceada; si bien es cierto no todos lo mexicanos pueden acceder a un nutriólogo; me parece que el gobierno deberá considerar tener un nutriólogo en cada escuela así como se cuenta con un psicólogo en cada centro educativo; pues hoy más que nunca hemos visto las fatídicas consecuencias de no llevar un estilo de vida sana. En otras palabras; el virus llegó y atacó a una población altamente vulnerable; desprotegida, dañada por malos hábitos de nutrición y de activación física.
El segundo escenario, el de propagación, resulta ser la falta de seriedad con que el grueso de la población se tomó la invitación gubernamental al acatamiento de las medidas de sanidad. Si bien es cierto que la reactivación económica tuvo que darse; lo cierto es que miles de mexicanos han hecho caso omiso a las medidas de sana distancia, del uso de cubre bocas y al aislamiento voluntario prescindiendo de salidas innecesarias. En el único viaje que realicé en el tiempo que lleva esta pandemia; me tocó ver en por lo menos seis municipios del estado decenas de personas caminando por la calle, conviviendo, sin cubrebocas y en grupos sin distanciamiento; incluso una fiesta infantil repleta de decenas de infantes en plena juerga como si nada. Este escenario fue el caldo de cultivo propicio para la expansión del virus lo cual sin duda alguna ha sido la causa directa de los más de 50 mil muertos que se contabilizan en el país y los cientos y cientos de casos diarios que se confirman en la entidad en cada reporte del medio día. Antes de pensar en regresar a la nueva normalidad; debemos tener en cuenta la comorbilidad del virus y sus estragos. La sindemia resume las grandes problemáticas que, interconectadas, podrían definir la sociedad de las próximas décadas; pues no solo se trata de la alimentación de los mexicanos, se trata también del acatamiento a las normas y los designios de la autoridad, se trata de un problema de salud, de cultura y de legalidad; se trata de un fuerte problema sindémico que seguirá después de la pandemia y en cual debemos comenzar a trabajar; porque este virus no será el último ni el más letal.